viernes, 25 de octubre de 2024

Se cumplen 95 años del asesinato de Emilio López Arango.

 



Emilio López Arango fue un anarquista de origen español radicado en la Argentina. Influyente organizador allí del movimiento obrero en general, y de la Federación Obrera Regional Argentina (FORA) en particular, fue unos de los más importantes teóricos y militantes del movimiento obrero anarquista de la Argentina, una de las fuentes de las que se nutre el anarcosindicalismo.


Nació en Cudillero, provincia de Oviedo (España) en el año 1894. A los 13 o 14 años emigró a Cuba. Estuvo en contacto desde joven con las privaciones proletarias, donde hizo sus primeras armas como asalariado debido a sus necesidades materiales. Regresó a España para después ir a Argentina en 1910, entrando a trabajar en el gremio de panaderos, pasando a formar parte de la organización obrera de los panaderos en Buenos Aires, donde a poco de andar se destacó como uno de los más activos militantes, llegando a ser redactor de El Obrero Panadero.


Según cuenta Diego Abad de Santillán en su libro "Esbozo biográfico" sobre Arango, durante un gran periodo de desocupación, por 1912, deambulando por las calles de Buenos Aires en busca de pan y de trabajo, tropezó con un puesto callejero de libros y, como aficionado a la lectura, le llamó sobre todo la atención uno que se titulaba "La conquista del pan". En sus tristes condiciones, el título no podía ser más sugestivo. Con sus últimos centavos compró el libro, y ese día quedó sin comer. Pero también desde ese día quedó cautivado por las páginas meridianas de Kropotkin y se hizo anarquista.



Su primer periodo de militante lo tuvo entre los panaderos, convirtiéndose en uno de los principales factores de su reorganización. Los panaderos viejos recordaban siempre con cariño a aquel muchacho de 1912 y 1913, incansable y estudioso, Arango fue un autodidacta, no pudo asistir nunca a una escuela porque en su hogar no se podía pagar el lujo de la instrucción, adquiriendo sus conocimientos por su propia fuerza de voluntad.


Durante una huelga del gremio, fue detenido por un hecho más o menos vulgar en todo conflicto en donde se ponen frente a frente huelguistas y rompehuelgas. Fue sometido a proceso y condenado a un año y medio de prisión, pena que cumplió hasta el último día. La cárcel fue para él una escuela, no solo por encontrarse en compañía de militantes como Apolinario Barrera, Teodoro Antilli y otros, sino porque tuvo tiempo para ensayarse a escribir y para leer abundantemente.


A su salida de la prisión volvió a su gremio, siendo el redactor de El Obrero Panadero. De El Obrero Panadero paso a La Protesta, en 1916 y en su mesa de redacción terminó su formación intelectual. La etapa más prolífica de este periódico fue bajo la dirección de Emilio López Arango y Diego Abad de Santillán, con dos ediciones diarias. A partir de entonces la vida de Arango es más generalmente conocida, pues salvo un breve periodo en 1919-1920, ha ocupó siempre en el diario el puesto de responsabilidad. Su nombre había traspasado las fronteras del país y era ya ampliamente conocido como uno de los militantes más íntegros del anarquismo regional sudamericano. Circulan por ahí algunos folletos y el libro escrito en colaboración, "El anarquismo en el movimiento obrero", en que expresa sus métodos recomendados de táctica y propaganda .


Desde 1916 como redactor del diario La Protesta contribuyó con todo fervor a dar al movimiento anarquista de la Argentina su identidad particular. En los momentos de mayor peligro para el anarquismo de esta región, cuando la confusión espiritual provocada por la revolución rusa, y después de las campañas unificadoras que amenazaron la existencia de la FORA, supo Arango con su influencia prevenir los peligros, señalando una línea de orientación que mantuvo al movimiento sobre el terreno de los ideales anarquistas. En el congreso continental de mayo de 1929, realizado en Buenos Aires, del que surgió la Asociación Continental Americana de Trabajadores, Arango representó a la F0RA y fue elegido en el mismo para integrar este Secretariado.


El 25 de octubre de 1929, Arango sufrió un atentado que le costó la vida. Se encontraba en su casa cocinando la cena cuando alguien llamó a la puerta. Al abrir, recibió tres balazos en el pecho que lo dejaron malherido, muriendo poco después. Nunca quedó clara la autoría del atentado, aunque algunas fuentes particulares afirman estar convencidas de que fue el también anarquista Severino Di Giovanni quien disparó.1​ Se sabe que Arango combatió duramente la táctica de los atentados dentro del movimiento libertario, lo que provocó muchas tensiones entre algunos de sus compañeros partidarios de esa forma de lucha; entre ellos, Severino, que ya había amenazado a Arango por acusarle en su periódico de "agente fascista" e "infiltrado policial". Sin embargo, nunca se demostró su culpabilidad.


Sus restos fueron velados en la sede de la FORA, por la que desfilaron millares de militantes y trabajadores para rendir el posterior homenaje al camarada asesinado. Todos los compañeros de la capital, y muchos del interior que acudieron presurosos al enterarse de la infausta nueva, hicieron acto de presencia expresando así su repugnancia infinita hacia el crimen y su solidaridad y respeto a la víctima. El féretro, cubierto con la bandera roja de la Federación Obrera Local de Buenos Aires (FOLB) y precedido por un compacto grupo de compañeras llevando ramos y coronas de flores, fue conducido a pulso desde el local de la FORA al cementerio.


Un detalle sugestivo lo constituyó la presencia de camaradas de todos los sectores del anarquismo. Hombres separados de Arango por una concepción distinta de las tácticas de lucha, que sostuvieron con él violentas polémicas, estaban allí evidenciando su respeto al muerto anarquista.


La actuación de Arango alcanza a un periodo relativamente corto; poco más de tres lustros contados entre 1913 y 1929 en que fue asesinado, pero su labor tuvo una repercusión importante en los sectores gremiales-sindicales, además la proyección futurista de sus conceptos teóricos permite hacer una lectura renovada de ellos, en especial porque desde su perspectiva el anarquismo debía ser siempre actualista y en consonancia a cada era.

viernes, 12 de enero de 2024

Se cumplen 57 de esta carta de Perón a Raimundo José Ongaro.

 



Carta al Sr. Raimundo José Ongaro 12 de enero de 1967.


Escrito por Juan Domingo Perón. 


Madrid, 12 de enero de 1967.


Al Señor Raimundo José Ongaro


Buenos Aires


Mi querido compañero:


He recibido su amable carta del 4 de diciembre pasado, que recién me llega, y le agradezco sú recuerdo y su saludo que retribuyo con mi mayor afecto, reiterándole mi enhorabue­na por su elección en la Federación Gráfica Bonaerense y de­seando que el año de 1967, que se inicia, le sea propicio y le colme de felicidad.


He leído su carta, llena de una juiciosa apreciación del mo­mento en que vivimos y de los hombres que circunstancial- mente tienen la responsabilidad de nuestros destinos. Ustedes, los jóvenes, tienen el inalienable derecho y la responsabilidad grave de defender ese destino en la forma que sea, porque también serán los que han de gozar o sufrir las consecuencias de lo que en el presente se haga.


Por lo que venimos viendo, en estos once años de desatinos y arbitrariedades, poco pueden confiar los jóvenes argentinos en la generación que ha depredado el país en procura de bene­ficios inconfesables, tan pequeños como repugnantes. El pater- nalismo, tan ridículo como torpe, que se pretende implantar ahora, no da lugar al menor optimismo potque nadie puede creer que los que durante once años arruinaron al país, sean ahora los que han de poner remedio a los males con los mismos hombres y los mismos sistemas que sirvieron para provocar el desastre.


La profunda crisis espiritual de que Usted me habla en su carta, es el problema del mundo: nada parece escapar a la decadencia que, en una u otra forma, se manifiesta en todas partes. La evolución nos impulsa hacia nuevas formas m acordes con las necesidades del hombres de hoy; pero irune


sos poderes sinárquicos parecen oponerse a esa evolución. Es así que se va alejando toda posibilidad de mantener las for­mas incruentas de ejecución para acercarnos cada día más peligrosamente a las formas cruentas. El Justicialismo intentó los cambios necesarios por la vía de la evolución incruenta pero nos pararon los pies; desde ese momento no ha quedado sino el camino cruento para realizarlos. Por eso, el fantasma del caos o la guerra civil amenazan peligrosamente a la Repú­blica en las horas actuales.


Cuando conversó con los viejos camaradas militares de la España actual, todos coinciden que tampoco en España en 1936 nadie creía posible una guerra civil. Sin embargo, cuando acordaron estaban empeñados en una enconada acción crimi­nal, que les llevó más de tres años y en la cual se mataron más de un millón de españoles. Cuando contemplo la situación ac­tual de la Argentina, tan comprometida en manos irresponsa­bles, no puedo dejar de pensar en las graves consecuencias a que la pasión, la incapacidad y la irresponsabilidad pueden conducirla, porque de la actual situación sólo se puede desem­bocar, si las cosas no se modifican, en el caos o la guerra civil. Lo primero tal vez permitiera un nuevo intento; lo segundo quizás fuera la solución, pero es un precio demasiado elevado como para apetecerlo.


El Movimiento Peronista también comparte la responsabi­lidad de una decisión adecuada y así lo hemos venido sostenien­do desde hace veinte años a esta parte. Nuestra lucha no puede decaer precisamente cuando todo indica que nos acercamos a esa decisión. Por eso creo que los dirigentes peronistas, ya sean sindicales como políticos, deben pensar con grandeza, para ale­jarse de las pequeñas cosas y los despreciables intereses perso­nales y de círculo, dedicándose a interpretar el deber de la hora y cumplir su misional servicio del Movimiento en su conjunto.


de unidad entre los dirigentes, que caracteriza este momento del Peronismo, nos perjudica a todos los dirigentes peronistas, porque nadie ha de realizarse en un peronismo que no se realice. Hoy, como siempre, sólo unidos y solidarios, podremos vencer a nuestros enemigos y salvar al país de las acechanzas que pesan sobre su destino y de las barbaridades que lo vienen azotando desde hace más de once años.


Mediante la acción de una conducción adecuada hemos podido, en lo político, descartar y neutralizar los intentos del neoperonismo. Ahora les queda a las organizaciones sindica­les la realización de lo mismo en la Rama Sindical del Movi­miento. El Comando Superior Peronista no ha querido nunca meter la mano en lo sindical, porque la solución de esos pro­blemas debe estar a cargo de las propias organizaciones sindi­cales. El problema de la actual división es sólo cuestión de di­rigentes porque las bases no entran ni entrarán en las "tren­zas" y círculos que se mueven en ese horizonte directivo; pero por desgracia, es precisamente esa división y la lucha consi­guiente, la que trabaja sin cesar contra el prestigio de los di­rigentes en una hora en que más se necesita de ese prestigio.


No es sin cierto desencanto que contemplo el triste panora­ma que están dando los dirigentes peronistas de algunos secto­res, empeñados en una "carrera de simulación" que no es la mi­sión que les corresponde. Esta falta de seriedad y de honestidad, practicada al servicio de apetitos personales, de intereses de círculo y de compromisos inconfesables, no nos hacen nin­gún favor como Movimiento Popular y tiende a la destruc­ción de esos propios dirigentes que no están a la altura de su misión. Yo no alcanzo a comprender cómo no se dan cuenta algunos de ellos del triste papel que están haciendo y cómo no reaccionan hacia la unidad y solidaridad indispensable a los altos intereses que servimos.


Por eso, frente a la defección de muchos, qu$. no tienen incentivo porque no hay cargos a la vista o porque temen a la represión o están cansados de la larga lucha, pienso en la nece­sidad de un trasvasamiento generacional que ponga en acción a la Juventud Peronista, porque imagino que los muchachos ni están interesados por los cargos, ni temen a la represión, ni están cansados de la lucha. Y aunque también la juventud ha sido influenciada por un divisionismo negativo, creo que será posible encaminarlos hacia una unidad y solidaridad que no ha sido posible mantener en el actual horizonte directivo del Peronismo. De cualquier manera, nuevos valores son indispen­sables si deseamos dar continuidad y permanencia a nuestra ideología y a nuestra doctrina y ello debe ser ahora una preocu­pación constante de todos nosotros.


Que los jóvenes van a cometer algunos errores, es posible, porque nadie aprende a caminar sin darse algunos golpes; pero solo ellos pueden superarnos porque basta ver el mundo que les dejamos para persuadirnos que, peor que nosotros, no lo podrán hacer. Creo indispensable irles entregando nuestra banderas paulatinamente en la acción para realizar el trasvasamiento ge­neracional, de manera que incorporemos el idealismo, la energía y el empuje de la juventud al amparo de los consejos y la expe- rincia de nosotros los viejos, para calificar su acción con la pru­dencia y la sabiduría que a ellos pueda faltarles. Solo si tenemos la grandeza y el desprendimiento necesarios para proceder así podremos realizar esa operación positivamente. Si no la reali­zará igualmente el tiempo, pero en ese caso habremos perdido la ocasión de poderla hacer racionalmente y en forma más con­veniente.


En el orden político del Peronismo se avanza dentro de esa tendencia y veo que en el sindical también se comienza a realizar lentamente. La llegada de Ustedes es una esperanza para el futuro del Peronismo. Es preciso que luchen por impo­ner los cambios que serán saludables porque la descomposi­ción ha cundido ya peligrosamente en nuestros organismos, y porque, con un enemigo al frente, no se puden aceptar algunas cosas que están ocurriendo. Todo se nos pfesenta favorable en el futuro y cuando la fortuna nos tiende la mano es preciso que haya alguien que atine a asirse y me temo que, en las cir­cunstancias actuales, pocos sean los que están en condiciones de hacerlo, porque están en otra cosa.


En fin, querido compañero, Ustedes allí tienen la responsa­bilidad y las posibilidades de defenderla: nada debe impedirles cumplir con el deber de la hora. El Peronismo no es de nadie porque, precisamente, es de todos y todos tenemos la obliga­ción de defenderlo y servirlo, con una idea de conjunto y apar­tados de todo otro interés que no sea el del Pueblo y de la Na­ción, como siempre hemos entendido los verdaderos justicialis- tas.-Se acercan días de decisión en los que será preciso recordar ante todo nuestra razón de ser. Para ese momento necesitamos hombres puros e idealistas que conduzcan y encuadren nues­tras organizaciones.


Aprovecho la oportunidad para rogarle quiera transmitir mis más afectuosos saludos a todos los compañeros de la Fede­ración Gráfica Bonaerense que le acompañan.


Un gran abrazo.


Firmado: Juan D. Perón.


miércoles, 18 de enero de 2023

A 78 años de este discurso de Juan Perón ante la Unión Industrial: "Las oligarquías políticas suelen afirmarse en las oligarquías económicas"

 



DISCURSO INAUGURAL ANTE LA ASAMBLEA DE LOS INDUSTRIALES REALIZADA EN EL CONGRESO DE LA NACIÓN 



En primer término, señores, quiero iniciar esta disertación dando gracias a Dios, que en medio de un mundo sometido al caos y a la desesperación, nos permite que vivamos en esta ínsula de paz y de felicidad. El más feliz de nuestros vecinos, en el mejor de los casos, come carne una vez por semana. Esa paz, esa felicidad y ese bienestar, no sabemos, o en algunos casos no queremos cuidarlos de acuerdo con las necesidades actuales del país. Pareciera en algunos casos que tratamos de pelear entre nosotros en vez de armonizar todas las circunstancias que han de permitirnos seguir gozando de esa felicidad que Dios ha derramado a manos llenas.

Agradezco muy profundamente a los industriales que vienen hoy a ofrecer una colaboración y una cooperación que durante un año he venido insistentemente pidiendo a todas las fuerzas económicas de la Nación. Yo, señores, lo agradezco en nombre del país y lo agradezco también en nombre de la propia industria. No tengo otro interés personal que el bien del país ni otro prejuicio que el de que todos cumplamos con nuestros deberes de argentinos en esta hora preñada de amenazas para el porvenir de nuestro país.

He de declarar también, señores, que estoy absolutamente persuadido de que la Argentina ha de salvar su futuro si todos los argentinos se unen para luchar porque la bendición de sus destinos siga como hasta ahora. Si no colaboramos todos en este sentido habremos de arrepentirnos y de responder ante las generaciones futuras de no haber sabido encarar y resolver en forma que esas generaciones tengan algo que agradecernos. La democracia, señores, no ha de estar solamente en la boca, sino que es menester que este también profundamente arraigada dentro de nuestros corazones.

El estado de descomposición política producido por la viciosa realidad de nuestras formas institucionales se ha entrelazado y en muchos casos ha pasado también a las actividades económicas. Lo que sucede en el panorama político ha sucedido a veces también en el panorama económico de la Nación. Las oligarquías políticas suelen afirmarse en las oligarquías económicas, y es necesario deslindar bien ambos campos para que las interferencias del uno no perjudiquen al otro. La política del Estado ha de estar cimentada en la sinceridad y en la lealtad; jamás en las combinaciones más o menos insospechadas de los intereses personales, de los intereses de círculos o de los intereses que no sean los reales de la Nación y de la prosperidad de nuestro futuro. Cuando ello sucede, el beneficio especulativo de unos pocos pasa a apoyarse en el perjuicio de todos los demás; de manera que una norma de conducta que sea realmente conveniente puede estar mezclada con intereses que no sean los reales intereses de la colectividad.

Es menester, señores, reaccionar contra esas formas tóxicas para organizar las benéficas instituciones representativas y defensoras auténticas del bien general. En este sentido yo sé bien de mis desvelos de hace ya tiempo por la situación que puede presentársenos en la posguerra, que es, en mi concepto, el primero de los grandes objetivos que debemos tener en cuenta para afirmar en la realidad los posibles éxitos económicos, sociales y políticos de la Nación. Ir más allá seria casi una utopía de previsión, porque nada de lo que puede suceder en el futuro lo podremos prever con certeza, si no hemos asegurado previamente ese fundamental objetivo que llamamos la posguerra. Sabemos bien que después de la guerra 1914-18 los industriales especialmente sufrieron en carne propia las imprevisiones de no haber sabido preparar una solución de continuidad que se presentaría fatalmente al terminar la guerra y que volverá a reproducirse indefectiblemente, cuando termine la que hoy azota a la humanidad entera.

He pedido, señores, la colaboración de todos porque el problema común no puede resolverse unilateralmente; he solicitado esa colaboración leal y sincera y francamente no puede contestarse con palabras halagüeñas al resultado de todas mis gestiones y desvelos a ese respecto. Hubo momentos que al pedido de leal colaboración se me ha contestado con el silencio, que en estos momentos constituyen un verdadero sabotaje, otras veces he recibido palabras y notas amables, pero la colaboración efectiva no la he recibido todavía.

Yo no hago cargos contra nadie, porque estos problemas han de ser resueltos por todos y si alguno los resuelve en lugar nuestro siempre lo hará en forma tal que tengamos poco que agradecerle.

Ese sabotaje del silencio puede estar dirigido contra el gobierno, o puede estar dirigido contra la industria; dirigiéndolo contra uno, indefectiblemente irá dirigido contra el otro; porque el gobierno y la industria, tal cual lo entendemos nosotros, como problema integral de la acción, están real y absolutamente ligados; la unión que debe existir entre esos dos órganos del Estado debe ser efectiva y la ruina del uno representaría la ruina del otro. Siempre he mirado con profundo respeto y con el cariño que se merece al industrial auténtico, con el cariño con que se debe mirar a los argentinos que están labrando la grandeza del país. No he tenido nunca prevenciones contra los hombres que trabajan, ni las he de tener jamás, porque cada uno pone sus desvelos en pro del bien de la patria, en la dirección que le dicten sus inclinaciones y posibilidades y ante el destino de la patria es tan meritorio el uno como el otro.

Se ha producido también una campaña contra la Secretaría de Trabajo y Previsión y algunas veces en forma personal contra mí. Yo, señores, soy un hombre de lucha de manera que no habrá campaña que me pueda siquiera molestar.

Cierta vez realice una visita a la Unión Industrial Argentina; en la misma dije lo que franca y realmente pensaba de esta meritoria organización que hace años rige la asociación de la industria argentina. Luego de esa visita he solicitado siempre, insistentemente, una colaboración, franca, leal y sincera que todavía espero.

Mi buena voluntad y mis deseos de bien desgraciadamente no se han cumplido; pero, señores, como Ministro de Guerra debo dejar constancia públicamente de mi reconocimiento a la industria argentina, que en todos los aspectos en que me ha sido necesario pedirle su colaboración, la he tenido en forma absolutamente satisfactoria y mas allá de toda ponderación, en forma tal que si el ministro de Guerra ha podido cumplir sus programas, ha sido merced a esa buena voluntad y capacidad de nuestra industria, naciente, joven, pujante, abnegada y patriótica.

Nosotros anhelamos esa cooperación. Todo el que vista el uniforme sabe bien que las fuerzas del país deben ser absolutamente indivisibles y jamás una fuerza interna debe estar frente a otra, llámense esas fuerza económicas, fuerzas sociales o fuerzas políticas.

Nosotros entendernos el problema de la nacionalidad por el lema que hemos estampado en nuestro propio programa: la unión efectiva de todos los argentinos. Aparte de ello, señores debemos pensar con criterio racionalista; la necesidad imprescindible de organizar el Estado en relación con la economía, y en este sentido llamo a todos a la reflexión. ¿Qué recibimos como datos básicos para cualquier planificación? Hace cuarenta años que en este país no existen censos y no ha existido tampoco una dirección de estadística integral del país, de manera que nuestros estadígrafos están mirando la realidad argentina por un pequeño agujerito y en una dirección totalmente unilateral. Las estadísticas valen cuando son integrales y pierden su valor relativo cuando son parciales. Este país no ha dispuesto jamás de una estadigrafía integral. En consecuencia, quien desee gobernar y organizar la Nación se encuentra con que en principio no sabe lo que tiene, dónde lo tiene, ni cómo lo tiene. Sin ese conocimiento, ni el Estado, ni el estadígrafo ni el técnico podrán elaborar nada constructivo, exacto, ni real.

Entiendo que la planificación de gobierno de un estadista es una cuestión simple, si él encara racionalmente el problema, sea en el orden político, en el orden social o en el económico. En pocas palabras, se trata de saber cuál es la situación real, cuál es el objetivo al que se ha de llegar en cada aspecto, para luego llamar al técnico, al baqueano para que indique el camino mas corto para alcanzar dicho objetivo. Ese el todo el planteo.

En la presente situación no podemos realizar ese planeo porque no conocemos el punto de partida, no sabemos donde estamos y todo hay que hacerlo a base de cálculos teóricos, que suelen fallar extraordinariamente.

Nosotros hemos comprendido claramente este problema y deseamos buscar la cooperación de todos, mientras el Consejo del Censo Nacional y el Consejo Nacional de Estadística, creados el año pasado, tengan el tiempo suficiente para asentar las bases reales de nuestra economía y de nuestra situación actual en lo social y en lo político. Para ello también se necesitan los instrumentos, y nosotros, malos o buenos, los hemos creado: la Secretaría de Trabajo y Previsión y la Secretaría de Industria y Comercio. El país ya no podía seguir adelante sin estos cuatro organismos fundamentales, sin los elementos de estadigrafía argentina y los instrumentos técnicos, para indicar los caminos hacia los objetivos que los estadistas del país deberán fijar en el futuro.

La organización de la riqueza, señores, es el imperativo de la hora. No hablemos de economía dirigida, hablemos de organización de la riqueza. Eso es lo que el Estado debe realizar: organización del trabajo, organización de las fuerzas económicas del Estado y organización del Estado mismo. Organización del trabajo, para evitar la lucha que destruye valores y que jamás los crea; organización de las fuerzas económicas para que no estén nunca accionando sobre el Estado político, para que no estén nunca accionando unas contra otras y destruir los propios valores con una competencia desleal. Organización de las fuerzas económicas, para que ellas mismas creen dentro de sí sus propios organismos de autodefensa, porque la naturaleza prueba que los organismos, como el humano, si no tienen sus propias defensas no viven mucho. Y organización del Estado, para que gobierne en bien de las otras fuerzas, sin interferir sus intereses y sin molestar su acción, sino propugnar los valores reales de la nacionalidad y beneficiando a los que merezcan el beneficio, porque trabajan con lealtad para el Estado y para la Nación. Organización del Estado, para que no lleguemos a pensar que el Estado es todo y los individuos son nada, porque el todo es la Nación y el Estado es, dentro de ella, una sola de sus partes.

Con esos conceptos, señores, podrán pensar claramente que no soy de los que propugnan que el gobernante ha de dirigir todas las actividades de la Nación, pero, sí, está en la obligación de organizarlas, para que no choquen entre sí, y para que la libertad de los otros sea respetada por la libertad de los unos.

Entre las fallas, fundamentales de nuestra instrucción y de nuestra preparación está la de que en este país se ha tenido siempre un desprecio supino para la organización. No hay una sola escuela del país donde se estudie organización, y ese es el anacronismo más extraordinario, porque éste es un país nuevo que debe organizarlo todo, y a nadie se le ha ocurrido que hay que estudiar profundamente las leyes de la organización, que es necesario que en todas las escuelas figure esa materia como ciencia pura, para discriminar sus grandes principios y luego establecer la aplicación de los mismos. Los países nuevos que desprecian eso, andan, como nosotros, sometidos a una anarquía integral del punto de vista político, social y económico.

Señores: hay países que hace treinta años tenían un presupuesto y un volumen comercial e industrial correspondiente a la mitad del nuestro y hoy han triplicado esos valores con referencia a la Argentina. Ello se debe a que organizaron en tiempo su riqueza y nosotros hemos seguido en esta piedra libre escandalosa que nos sume en la anarquía integral, que es muchas veces peor que la anarquía política. Y esto tiene el gran defecto de ser un caldo de cultivo para los piratas de todas las actividades que medran siempre en perjuicio de los hombres honrados que ennoblecen a las naciones.

El mundo actual, señores, se mueve y marcha a ritmo acelerado. El libro que entra hoy a la imprenta ya es anticuado en relación al que presenta el editor y ésta es una verdadera ola que sigue a todas las actividades. La evolución y no la atonía en esperas inútiles es el problema del momento. Hoy hay que accionar, y el que no acciona queda fatalmente detrás y es arrollado por los acontecimientos posteriores. Es la ley de la vida, la evolución. Los organismos que no evolucionan y no se modernizan, como los cuerpos humanos, y, en general, animales, envejecen y mueren. Para que a las instituciones no les alcance esta ley biológica deben evolucionar oportunamente o, de lo contrario, desaparecer para dejar el lugar a nuevas fuerzas adaptadas al momento y a la realidad que se vive. Esa evolución es lo único que puede evitar el cataclismo que se produce, fatalmente, cuando no se evita la inercia. Es necesario que nosotros pongamos en marcha nuestro sistema general para que la evolución que viene con gran fuerza, no produzca la ruptura y la caída de nuestros propios organismos. La posguerra traerá sorpresas muy grandes, que serán agradables si queremos y solucionamos ya los problemas y que serán sumamente desagradables si seguimos pensando que podemos disfrutar de un lecho de rosas, que es sumamente circunstancial.

Es necesario crear esos instrumentos de defensa. Evolución intensa, racional y realista; eso es lo que yo aconsejaría a todos los señores industriales, es, decir, la evolución de las organizaciones para no morir. Las organizaciones patronales de la industria, en mi concepto, no han evolucionado, dentro de estos principios. Hay que crear organizaciones sensibles y modernas, con representación de toda la industria, para que todos tengan acceso a la defensa de sus auténticos intereses, organización integral y sin exclusiones.

Creo que este problema es mucho más serio de lo que muchos creen. El futuro del país será también industrial o nos tendremos que someter a ser un país semicolonial, en el porvenir. Ustedes, señores industriales, deben constituir el patriciado de la industria argentina, porque ustedes han sido los verdaderos iniciadores de esa actividad. El país les deberá a ustedes, en este sentido, todo, y el reconocimiento del país estará puesto, desde ese momento, en los verdaderos industriales argentinos. Me refiero también, y muy especialmente, a la mediana y a la pequeña industria; me refiero a los verdaderos pioneros de estas actividades, que, abnegados y anónimos, en todos los puntos del país están trabajando para reemplazar lo que antes venía a costa de la migración de nuestros propios capitales. A todos también, señores, corresponde un poco de responsabilidad en la hora y en el futuro, aunque, como he dicho, estoy absolutamente seguro de que estamos en tiempo para salvar todos los males que pueden preverse.

Es menester, señores, organizarse leal y sinceramente; es necesario que organizaciones serias y auténticamente representativas, tomen la defensa y la dirección de la industria argentina; es indispensable, en mi concepto, ir hacia una organización ideal, que puede hacerse en base de lo ya existente, de lo actual, pero con representación directa y sin exclusiones.

El Estado moderno no resiste la acción demoledora de los hechos, económicos, sociales y políticos, si no organiza su propia defensa. La organización y coordinación de sus fuerzas económicas, sociales y políticas es la única defensa contra los cataclismos a que asistimos y que debemos tomar como enseñanza en cabeza ajena, ya que la enseñanza en la propia cabeza, suele ser maestro de los tontos.

En mis sueños optimistas de argentino suelo ver a una Nación económicamente poderosa y dentro de ella, a un Estado racional y equilibrado, que sirva del mejor modo las necesidades económicas, sociales y políticas, para hacer la felicidad de todos los argentinos; y sueño también, señores, que ello se consigue solamente con el sacrificio y con la tolerancia.

Creo, señores, que es menester que ustedes tengan confianza; sin esa confianza, base del optimismo realista, no se recorre largo camino en la vida. Organícense ustedes para defenderse, que haciéndolo defenderán a la industria y defenderán al país; que se organicen las demás fuerzas económicas que juegan en el panorama nacional y habremos echado los cimientos de la verdadera grandeza de nuestro país. Organicemos al Estado para ponerlo a tono con la hora y los argentinos nos habremos salvado de esta hora incierta.

Como coordinador económico y como presidente del Consejo de Posguerra necesito, señores, la ayuda de todos ustedes, y por eso es que desde hace largos meses la solicito insistentemente. No deseo en manera alguna verme obligado a resolver unilateralmente esos problemas, porque habría entre ustedes, sin duda, una cantidad de perjudicados y yo no quisiera que por obrar discrecionalmente, algún día pudiera perjudicar injustamente a ningún argentino.

Si colaboran y cooperan con nosotros, la tarea será simple yo el país tendrá que agradecérnosla en el futuro a todos nosotros. El Consejo de Posguerra está estudiando todo lo referente a una organización integral de defensa económica y de coordinación en todas las actividades del país. En lo concerniente a la industria la Secretaría de Industria y Comercio ha tomado a su cargo todas estas actividades, y el señor subsecretario de Industria leerá los grandes principios sobre los cuales asentamos la acción del Consejo de Posguerra.

No deseo terminar estas palabras sin agradecer profundamente el honor que ustedes me han dispensado al llegar hasta aquí. Y cuando alguien les diga que yo o los organismos que represento hayamos estado en contra de la industria, o en contra de algún industrial, en mi nombre pueden ustedes desmentirlo, seguros de que mi palabra no será jamás desmentida por los hechos.

Por otra parte, señores, en defensa de la Secretaria de Trabajo y Previsión, debo decir que sé que algunas veces algunos señores se han quejado de que no han sido allí bien atendidos. Nosotros hemos tenido que organizar un organismo; no todo el personal puede ser contraloreado, cuando se trabaja con veinte o treinta secretarios gremiales a la vez; de manera que les pido, señores, que tengan con nosotros esa tolerancia que enseña la vida y que es la base de las buenas relaciones entre los hombres de buena voluntad. Si lo hacen, señores, tendré una vez más que agradecer las muchas amabilidades de que me han dado prueba los industriales. Muchas gracias.

JUAN DOMINGO PERÓN

lunes, 6 de diciembre de 2021

Hace 179 años se producía La Batalla de Arroyo Grande




La batalla de Arroyo Grande (provincia de Entre Ríos, Argentina, 6 de diciembre de 1842) fue uno de los combates más grandes e importantes en las guerras civiles argentinas y uruguayas. Fue una victoria del ejército federal porteño-entrerriano, dirigido por el expresidente uruguayo, brigadier Manuel Oribe, sobre una alianza de colorados uruguayos y unitarios argentinos (porteños emigrados, correntinos y santafesinos), dirigidos por el presidente de ese país, brigadier Fructuoso Rivera. Esta batalla terminó una de las más violentas guerras civiles en la Argentina, y comenzó la llamada Guerra Grande en el Uruguay.


Después del derrocamiento de Oribe en 1838, con apoyo de Francia, cuya flota bloqueaba el Río de la Plata, comenzaron una serie de guerras civiles locales en la Argentina, que culminaron en la que llevaron adelante la provincia de Corrientes y las provincias reunidas en la llamada Coalición del Norte. Las provincias rebeldes intentaban derrocar al gobernador de la provincia de Buenos Aires, brigadier Juan Manuel de Rosas, que ejercía un verdadero gobierno general sobre el país, sin una constitución que le diera validez.

Después del fracaso del general Juan Lavalle en llevar la revolución hasta la misma ciudad de Buenos Aires, el jefe unitario tuvo que llevar su ejército hacia el norte del país. Hasta allí fue perseguido por el general Oribe, nombrado por Rosas como comandante del ejército federal. Cuando Lavalle fue derrotado, a fines de 1841, el ejército federal quedó libre para aplastar la resistencia correntina y volver a Uruguay a recuperar el gobierno. En su camino de regreso no se suponía que pudiera encontrar más resistencia que la de Rivera, pero dos enemigos nuevos le salieron al cruce.

El general José María Paz se puso al frente del ejército correntino y venció al gobernador entrerriano, brigadier Pascual Echagüe en la batalla de Caaguazú. A continuación invadió Entre Ríos y, mientras su nuevo gobernador, brigadier Justo José de Urquiza, se refugiaba en Buenos Aires, se hizo nombrar gobernador. Pero el gobernador correntino, brigadier Pedro Ferré se negó a apoyarlo y se marchó a Corrientes. El presidente Rivera invadió Entre Ríos, pero se quedó junto al río Uruguay.

Mientras tanto, el gobernador de la provincia de Santa Fe, brigadier Juan Pablo López, se pronunció contra Rosas y enfrentó —sin ayuda exterior alguna— la invasión de Oribe. Fue derrotado y huyó hacia Entre Ríos.

Falto de apoyo, Paz se retiró hacia el este y puso su pequeño ejército a disposición de Rivera, yendo después a Montevideo. Rivera se puso al mando de una alianza entre el gobierno uruguayo, el de Corrientes, el expulsado de Santa Fe, y el de Paz en Entre Ríos. La participación de Paz y de López era simplemente nominal, fuera de unos pocos oficiales emigrados.

Se ha especulado con que la intención de Rivera era formar la Federación del Uruguay, el Estado Oriental del Paraná, o simplemente el Uruguay Mayor; es decir, formar un estado que incluyera el Uruguay, las provincias argentinas de Entre Ríos y Corrientes y la brasileña de São Pedro do Sul. Quizá también estuviera en sus planes incorporar el Paraguay y dominar el Río de la Plata con apoyo anglo-francés.

De todos modos, Rivera dominaba el este de la provincia de Entre Ríos, y hacia allí se dirigió Oribe. Poco antes de que Oribe comenzara a moverse, las vanguardias de ambos ejércitos chocaron sobre un paso del río Gualeguay, quedando los entrerrianos de Urquiza vencidos por los santafesinos emigrados de Juan Pablo López.

Los ejércitos
Para unir sus tropas a las correntinas, Rivera las trasladó hacia el noreste de la provincia. Allí recibió un fuerte apoyo del ejército correntino, al mando del general Manuel Ramírez, en el que figuraban el general José Domingo Ábalos y los coroneles Joaquín y Juan Madariaga, Benjamín Virasoro y Manuel Hornos.

Como dato curioso, el general Lavalle había comenzado su campaña de 1839 a corta distancia —menos de ocho leguas— de donde tendría lugar esta batalla, que daría fin a la guerra civil argentina iniciada por aquél, en la batalla de Yeruá. En el período de tres años que separó estas batallas, prácticamente toda la Argentina había sido asolada por la guerra civil.

El ejército aliado colorado-unitario estaba formado por más de 7.500 hombres (2.000 infantes y 5.500 jinetes), orientales en su mayoría y 16 piezas de artillería (14 cañones y 2 obuses). Sus soldados provenían en su mayoría de las provincias argentinas de Corrientes (2.500-3.100 hombres), Santa Fe (1.000) y Entre Ríos (1.500). A los que se sumaban cerca de 2.000 orientales. Su jefe de estado mayor era el coronel Elías Galván.

Por su parte, el ejército de Oribe estaba compuesto por 9.000 hombres (2.500 infantes, porteños en su mayoría, 6.500 jinetes porteños y entrerrianos) y 18 piezas de artillería. De estos unos mil eran orientales. La artillería de Rivera era ligeramente superior en número, pero caería rápidamente en manos enemigas. La caballería de Oribe era bastante más numerosa, mientras su infantería era casi el doble de la enemiga. El jefe de estado mayor de Oribe era su sobrino, coronel Francisco Lasala, quien reemplazaba al coronel mayor Eugenio Garzón, que se había separado del ejército por desavenencias con el general en jefe.

Una anécdota, mencionada por Adolfo Saldías, relata que Rosas engañó al ministro inglés Mandeville, convenciéndolo de que su ejército estaba inmovilizado por falta de caballos. El ministro se lo avisó en secreto a Rivera, cosa que Rosas esperaba, y por eso el presidente oriental estaba desprevenido cuando le avisaron que el ejército de Oribe estaba a una hora de marcha de su campamento. Otros autores niegan el episodio, posiblemente contado a Saldías por un testigo presencial, tal vez alguno de los edecanes de Rosas.

Desarrollo de la batalla
Tal vez por la falsa información de Mendeville, Rivera eligió mal el campo de batalla. En las condiciones en que iba a luchar, debería haber anulado la diferencia numérica eligiendo un campo estrecho. Pero eligió un área bien abierta, donde la caballería pudiera maniobrar. Por otro lado, tuvo que luchar prácticamente con el río Uruguay a su espalda, ya que el gobernador Ferré había prohibido a sus fuerzas cruzarlo hacia el Uruguay, donde Rivera hubiera tenido amplias ventajas.

Otro de sus errores fue dejar como reserva a la caballería correntina, la única que mantenía alta la moral, ensoberbecida después de Caaguazú.

En la mañana del 6 de septiembre, la caballería de Rivera se lanzó al ataque, siendo inmediatamente contenida por la artillería e infantería federales. El extremo derecho de la caballería federal, al mando del coronel Ignacio Oribe (hermano del general en jefe), rodeó a los unitarios que tenía enfrente, al mando del general Juan Pablo López, y apoyó el ataque del ala derecha federal, compuesta por las fuerzas entrerrianas del general Urquiza, gobernador de la provincia. Tras algunas indecisiones, el gobernador entrerriano logró llevar de nuevo sus hombres al ataque. En sus filas figuraban los futuros generales Miguel Galarza, José Miguel Galán y Ricardo López Jordán.

Al mismo tiempo, la extrema izquierda federal, mandada por el coronel Servando Gómez, apoyó el avance del ala izquierda, mandada por el coronel José María Flores, contra las fuerzas orientales del coronel Pedro Mendoza. Si bien la caballería unitaria de este lado logró hacer retroceder a los federales, la herida y posterior muerte de Mendoza desorientó a sus hombres, que abandonaron el campo de batalla. En las filas de Flores estaban los coroneles porteños Cayetano Laprida, Vicente González, Nicolás Granada y el futuro caudillo federal Juan de Dios Videla.

Si bien la caballería federal logró ventajas evidentes, fue el centro el que decidió la batalla. La infantería del general Ángel Pacheco atacó a la artillería oriental, mandado por el coronel Santiago Lavandera (sobrino de Rivera) y dividida en dos fracciones, al mando de los coroneles unitarios Martiniano Chilavert y José María Pirán. Las divisiones federales de los coroneles Mariano Maza, Pedro Ramos, Jerónimo Costa, Cesáreo Domínguez y Marcos Rincón avanzaron hasta los cañones a paso rápido y desplazaron a los artilleros. Este ataque estuvo apoyado por la artillería del coronel Juan Bautista Thorne y del teniente coronel José María Francia.

La reserva unitaria, formada por los correntinos del general Ramírez “chico”, tuvo que lanzarse a la lucha muy temprano para defender las posiciones de las alas de caballería, por lo que no pudo ser utilizada más tarde. La reserva federal, en cambio, al mando del coronel Manuel Urdinarrain, tuvo la oportunidad de apoyar alternativamente a Urquiza y a Gómez.

La infantería y artillería de Rivera, separadas de las alas de caballería, se retiraron lentamente, perdiendo en su marcha varios oficiales, como los coroneles Francisco Sayós, Joaquín de Vedia, Bernardo Henestrosa y Nicolás Tedeschi, quien se suicidó para no rendirse. Los vencidos tuvieron 2.000 muertos y 1.400 prisioneros, perdiendo, además, la artillería, la munición y 24.000 caballos. Toda la artillería y la infantería cayeron en poder del enemigo; los oficiales, y se dice que incluso los cabos y sargentos, fueron ejecutados, mientras los soldados se incorporaron al ejército de Oribe. En particular, los blancos uruguayos se ensañaron con los colorados, ya que los consideraban traidores por haber derrocado al gobierno legal con ayuda extranjera. Las bajas de los federales sumaron 300 entre muertos y heridos.

La caballería vencida, en cambio, logró retirarse sin demasiadas pérdidas. Por supuesto, se dividió entre los orientales (y los santafesinos de López), que cruzaron el río hacia Montevideo, y los correntinos que regresaron a su provincia. En el mando de los primeros se destacaron los coroneles Anacleto Medina y Manuel Olazábal, que reorganizaron relativamente las fuerzas.

La Guerra Grande
Esta batalla marcó el final de la guerra iniciada en la Argentina en 1839, y significó el comienzo de la llamada Guerra Grande en Uruguay. En realidad, en la visión de Oribe y sus partidarios, ésta fue la continuación de la que había desatado a partir de 1836 Rivera contra Oribe. Sólo que, entre medio, habían pasado cuatro años.

Rivera se retiró rápidamente hacia el sur, pensando que sería perseguido de cerca por Oribe. Algunos jefes colorados mantuvieron la defensa durante algunas semanas en el norte del país, pero fueron barridos hacia el sur.

Oribe comenzó la persecución con notable atraso, y perdió semanas solucionando problemas menores lo que dio al gobierno colorado la oportunidad de reunir un ejército de 5.000 hombres. Para cruzar el río con toda su infantería y artillería tuvo que ser trasladado por las naves de la flota de Rosas. Sólo después de completado este traslado, comenzó la lenta marcha hacia Montevideo, al paso de los bueyes que trasladaban los cañones. Llegó el 16 de febrero de 1843 frente a la capital, donde la defensa había sido preparada por el general Paz.

En lugar de tomar la ciudad por asalto, cosa que hubiera causado grandes daños a la población, decidió sitiarla. Tras varios choques en los alrededores, las posiciones quedaron prácticamente fijas por los siguientes ocho años. La razón de tan larga resistencia estuvo en el apoyo prestado a la ciudad sitiada por las flotas francesa e inglesa (y después la brasileña) a los sitiados; una gran cantidad de los defensores, incluso, eran franceses. Además, desde 1845 en adelante, las flotas europeas bloquearon el puerto de Buenos Aires y atacaron el río Paraná. El sitio, con sus combates, y las operaciones que hicieron los jefes colorados por el interior del país fueron lo que se suele llamar la Guerra Grande.

El gobernador Urquiza apoyó el cruce del río por Oribe y luego se lanzó, al frente de 1.200 hombres, sobre Corrientes. La caballería correntina no atinó a ofrecer una resistencia eficaz, y muchos de sus jefes huyeron al Brasil o se pasaron a las fuerzas de Urquiza. Ferré abandonó el país hacia Paraguay, y como acababa de terminar su período de gobierno, fue elegido en su lugar Pedro Cabral, jefe del partido federal.

La guerra civil argentina seguiría en los años siguientes en forma de breves y poco importantes revueltas contra los federales en el interior. La única provincia que volvería a representar un peligro para el régimen de Rosas sería la de Corrientes, que bajo el mando de Joaquín Madariaga volvería a rebelarse hacia fines de 1843. Caería finalmente en manos federales en 1847, sólo para unirse cuatro años más tarde al mismo Urquiza en la campaña que derrocaría a Rosas en la batalla de Caseros, no sin antes derrotar a Oribe, aún a las puertas de Montevideo.

jueves, 12 de septiembre de 2019

Perón le escribía a Enrique Olmedo hace 63 años.




Carta a Enrique Olmedo 12 de septiembre de 1956

Escrito por Juan Domingo Perón.

Caracas, 12 de septiembre de 1956.

Señor Doctor D. Enrique Olmedo

Montevideo

Mí querido amigo:

Contesto su carta del 6 de setiembre pasado que recibo en este momento. Le agradezco sus amables palabras y su recuerdo que retribuyo con mi más grande afecto. Ignoraba que Usted se encontrara en Montevideo, a pesar de que sabía por los muchachos que estaba Usted entreverado en lo del 9 de Junio.

Me alegra coincidir con Usted en todo cuanto me dice en su carta. Yo vengo sosteniendo lo mismo desde hace ocho meses y, en mi libro, ya lo sostengo hace casi diez meses. Los tontos que andan levantando banderas de pacificación se van a llevar un buen chasco, si es que lo piensan sinceramente. Es muy fácil hablar de paz después de haber asesinado a mansalva, de haber masacrado al Pueblo, fusilado a los ciudadanos, perseguido a todos, encarcelado, torturado, escarnecido, etc.; pero cuando el odio y el deseo de venganza acumulado por las infamias de la canalla dictatorial salgan a la calle convertidos en fuerza motriz, ya no habrá nadie que hable de pacificación sino de salvar el cuero. Yo que siempre he sido un estúpido pacifista no me animaría hoy a hablar de pacificación, sino de justicia. Nosotros hemos pagado un alto precio y una contribución cuantiosa de sangre; ahora es justo que los enemigos hagan la suya que ha de ser. en el mejor de los casos, menor que la nuestra. Lo que sí Podemos asegurar es que esto no se arregla", como quieren los Políticos, con unas elecciones.

Que nosotros la ganamos, yo no tengo la menor duda. Todo es cuestión de tiempo. Se trata de un conflicto de opinión y a esta clase de conflictos no se los arregla sino de una manera: dejando decidir a la opinión. La fuerza puede postergar esa decisión, puede retardarla, pero no puede resolverla por sí. Nuestro Pueblo está firme en sus trece y no habrá fuerza capaz de doblegarlo; ello hace que este asunto esté ganado a corto o a largo plazo.

El panorama argentino de este momento está terriblemente variado, como consecuencia de la gran cantidad de traficantes que se entrecruzan para negociar y sacar ventajas; pero, en lo fundamental solo cuentan unos cuantos infelices a quienes las circunstancias de que otros más infelices que ellos se encuentran en el gobierno les han hecho creer que ellos pueden ser gobernantes dé la Argentina que surja de esta terrible encrucijada. La canalla dictatorial busca un escape político que le cubra las espaldas y les asegure el cogote en tren de perderlo. Bengoa y su corte de' traidores quiere hacer una revolución, poner un títere en el gobierno para que por medio del fraude o del engaño le brinde la Presidencia Constitucional que ha de surgir de esta inconstitucionalidad; los radicales, peleados y ventajeros como siempre, están tentando una alianza con el peronismo para lo cual ya nos han tanteado con mano lerda para una fórmula mixta radical peronista. Usted ve, todos quieren solo el gobierno que ha de surgir de los despojos que deje la canalla dictatorial; pero ninguno ha dicho una palabra del Pueblo que es, en última síntesis, quien ha de decidir. Pero ellos luchan por sus ambiciones y deseos sin que el Pueblo tenga nada que ver con sus cálculos y proyectos. Así es todo ¡y quieren ganar. . .!.

Estos idiotas conservadores y clericales creen todavía que pueden ganar algo de esta aventura siniestra pero, los destinos nuestros como los destinos del mundo se decidirán todavía en Volga o en el Rhin y no en el Río de la Plata. En este mundo convulsionado en que nos ha tocado vivir se está dilucidando hoy el signo que ha de presidir la ideología del Siglo XXI que no (palabra inentendible) sin duda —porque la historia no retrocede—, la democracia imperialista y capitalista del siglo XX de los anglosajones, sino las democracias populares, que las haremos nosotros o las harán los comunistas. Baste mirar lo que ha pasado en el mundo en esta primera mitad del siglo XX, para poder deducir lo que ocurrirá en la segunda. Hace cincuenta años los comunistas eran cuatro tirabombas. Después de la primera guerra ya eran doscientos millones y veintiocho millones de kilómetros cuadra­dos (es decir Rusia); cuando terminó la segunda guerra su influencia y dominio se extiende a las tres cuartas partes del mundo y a unos 2.500 millones de los 3.500 que el mundo tiene. Si no veamos: 200 detrás de la cortina en Europa, más 200 millones de rusos son cuatrocientos y 600 millones de chinos son mil millones. A ello se agregan 200 millones de indochinos, polinesios, vietnameses., etc., que con los 800 millones de hindúes suman ya dos mil millones. Si a ellos se agregan los árabes llegaremos pronto a los 2.500 millones. El mundo occidental "libre" queda reducido a solo 1.000 millones penetrados, infiltrados y casi dominados por los comunistas. Si no sucede un milagro, antes de treinta años el mundo será comunista lo queramos o no. Por eso digo que si a los conservadores y clericales argentinos no los colgamos nosotros a corto plazo, los cuelgan los comunistas a largo plazo. Lo que sí podemos afirmar es que esos no se salvan de la cuerda y del árbol. A lo mejor los colgamos entre los dos. . .

Eso le explicará que hace diez años, cuando yo hice la apreciación de estos problemas para fijar nuestra doctrina, no me equivoqué. Todo esto lo dije yo en aquel entonces, y llegué al convencimiento de que la liquidación del imperio anglosajón o podía significar la liquidación nuestra sino que, por el n rano, había que prepararse para sobrevivir, cualquiera fuese -instancia que sobreviniera. Así como hemos vivido un "Io ajo la férula del imperialismo capitalista, podremos

vivir otro siglo bajo la comunista. El secreto está precisamente en no enfrentar la destrucción en defensa de un sistema anacrónico que nos ha explotado y escarnecido durante más de un siglo. Que nos importa a nosotros si esos miserables han de hundirse, con tal que nosotros sigamos flotando, sobre todo si pensamos que nuestros días se acercan con la misma velocidad que los de ellos se alejan y para siempre.

Dentro de ese panorama me encanta estar en la situación nuestra y no en la de ellos. Nosotros nacemos en los momentos que estamos preparando el entierro de nuestros enemigos, que sabemos que sucumbirán irremisiblemente exterminados por nuestra mano o por la mano del destino que, para desaparecer, lo mismo da.

Cómo puede haber peronistas tan, estúpidos que estén pensando en pactos y soluciones. Solo un tarado puede pensar así. Menos mal qué todos esos "ingenuos" sucumbirán víctimas de su propia incapacidad y estupidez, lo que será mejor poique en nuestros días ni un bruto ni un estúpido merece vivir, aunque simule muy bien lo contrario. Nuestra posición es una sola, se la mire de donde se la mire: la intransigencia absoluta.

La lucha política es, en último análisis, la lucha de dos voluntades. En ella vence el que dispone de un más firme y decidida voluntad. De allí surge la necesidad de mantenernos hoy más que nunca firmes e intransigentes. Sobre todo sabemos que a la corta o a la larga vamos a vencer. Ni dar escape a la canalla dictatorial ni ayudar al traidor de Bengoa, ni alía con los radicales también en el fondo traidores de su pueblo.  Todos esos son ya resaca en el temporal que se aproxima; irán a servir de bosta para abonar las nuevas formas que está naciendo y que florecerán mañana.

Me alegra que esté ligado a Colom porque aún cuando e medio soñador algunas veces es leal y es vivo, cuando no ve lo intuye, pero en su corazón no encarna la traición ni la defección a la causa. De los demás que están allí le recomiendo

Antonio Rodríguez, el ex-intendente de Vicente López, que es un muchacho macanudo y cabal. Hay otros que son buenos y le ruego que usted me complete el panorama allí con la posición que dada uno tiene, porque me es indispensable para ir organizando el conjunto. Nosotros hemos organizado Comandos en todos los países que podemos para ir neutralizando a la dictadura, y el conocimiento de los hombres nos es indispensable. Por eso le pido este favor.

Yo pienso trabajar aquí a fin de dedicar un poco de dinero a los compañeros que necesitan para vivir en el exilio y no tienen condiciones para ganarse la existencia. Ya dediqué a eso todos los fondos que como autor me corresponden por la publicación del libro' "La fuerza es el Derecho de las bestias", en Chile, Perú, México, Cuba, Colombia, Brasil Europa, etc. No es mucho pero una ayudita para los primeros esfuerzos. . .

Le ruego que salude a los compañeros que se encuentran en esa y acepte un gran abrazo de su amigo.

Firmado: Juan Perón

martes, 2 de julio de 2019

A 73 años de la creación del Concejo Económico - Social




Mediante Decreto 2.098, suscripto por el presidente Perón el 02 de julio de 1946, publicado en el Boletín Oficial de la República Argentina el 04 de julio de 1946, se creaba el Consejo Económico social como organismo consultivo de dicha secretaria Técnica de la Presidencia de la Nación con representación tripartita.

José Figuerola


Cabe recordar que el titular de esa secretaria era el sabio catalán José Figuerola, que venia colaborando con el general Perón desde que éste se hizo cargo del Departamento Nacional de trabajo el 27 de octubre de 1943.
Las funciones de dicho Consejo Económico-social se reglamentaron mediante Decreto 23.209, suscripto por el presidente Perón el 19 de noviembre de 1946, y, publicado en el Boletín Oficial de la República Argentina el 27 de diciembre de 1946;
La filosofía del Consejo se mantendría, mediante Decreto 18.184, suscripto por el presidente Perón el 06 de agosto de 1949, y, publicado en el Boletín Oficial de la República Argentina el 11 de agosto de 1949, se creaba la Comisión Nacional de Cooperación Económica como organismo consultivo del Consejo Económico Nacional, con representación obrera y patronal.

Miguel Miranda


La creación de dicho Consejo Económico Nacional, se había concretado mediante Decreto 20.477, suscripto por el presidente Perón el 15 de julio de 1947, a propuesta de Miguel Miranda, publicado en el Boletín Oficial de la República Argentina el 09 de agosto de 1947, fue designado secretario de ese Consejo, el doctor Eduardo Stafforini, quien había sido colaborador de Perón como Figuerola en el Departamento Nacional de Trabajo y luego en la Secretaría de Trabajo y Previsión. Perón reconoció públicamente que Stafforini fue quien le propuso la denominación de “justicialista”, al movimiento creado por el tres veces presidente constitucional argentino. Quedan congelados los precios de los medicamentos.
Perón lanzaba una campaña contra el agio y la especulación., y se congelaban los alquileres para viviendas.

jueves, 6 de junio de 2019

Hace 74 años hablaba Juan Perón




DISCURSO CON MOTIVO DE LA CREACION DE LA ADMINISTRACION NACIONAL DE LA VIVIENDA 
Juan Domingo Perón 
[6 de Junio de 1945]

En mi carácter de secretario de Trabajo y Previsión tengo la grata satis­facción de hacer llegar al pueblo de la República la noticia de una medida de gobierno, acaso la más importante que se haya adoptado hasta aquí, en orden al mejoramiento de las condiciones de vida material, moral y espiritual de la clase trabajadora, por la magnitud de la obra que implica y su proyección en el futuro.
Me refiero al decreto ley que acaba de dictar el Poder Ejecutivo por el cual se crea la Administración Nacional de la Vivienda, organismo que tendrá a su cargo la enorme, pero nobilísima tarea de proporcionar a miles de hogares techo sano, decoroso y agradable y eliminar al propio tiempo el con­ventillo promiscuo, el rancho primitivo y el tugurio insalubre, focos de innumerables males.
En ocasión de iniciarse los estudios preliminares que condujeron a la estructuración de la Secretaria de Trabajo y Previsión, sostuve que no podía escapar a la órbita de sus atribuciones específicas cuanto atañe al problema de la vivienda que, junto con el del salario, constituyen como gráficamente se ha dicho, los dos polos de la cuestión social. Propugnar una política social nueva, integral y dinámica, dejando de lado una de sus aspectos básicos, como es el que nos ocupa, por temor al esfuerzo, a los intereses creados o a otros pretextos igualmente fútiles, hubiera importado quebrar el sentido orgánico que debe presidir la labor de la Secretaria y claudicar, en mitad del camino, del programa de acción que aspiramos realizar no importa con qué sacrificios y cuya finalidad es, como ya lo he manifestado categórica y explícitamente: hacer efectiva la intercolaboración de todas las fuerzas del país, de todos sus sectores patronales, obreros e inclusive el de las autoridades públicas para que en el ámbito de nuestro vasto y rico territorio imperen los preceptos salu­dables de la justicia distributiva y se alcance así la más pacifica y feliz de las convivencias.
De acuerdo, pues, con el concepto lógico e incuestionable que debía privar, la Secretaría de Trabajo y Previsión asumió desde un principio la obligación de afrontar el angustioso problema de la vivienda planteado entre nosotros y notoriamente agravado en los últimos tiempos, en virtud no sólo del crecimiento desorganizado y vertiginoso de los centros poblados, sino también de la carencia de una política comprensiva dirigida a su solución.
Si la vivienda pobre, destartalada y miserable pudo servir hasta ahora de argumento para efectivas y truculentas disertaciones, y ser tema que defendió la prensa en enjundiosos editoriales, estudió el sociólogo hasta sus ultimas derivaciones, analizó el estadígrafo a través de números reveladores de increíbles hacinamientos y de progresiva desnatalidad y sí, por lo demás, dio lugar a algunas iniciativas legislativas y a realizaciones prácticas de escaso relieve frente a las ingentes necesidades del pueblo, no constituyó nunca en la alturas del poder una preocupación verdaderamente honda y patriótica que, impulsando la voluntad con decisión incontenida provocase ese empuje realizador que todo gobernante debe desplegar cuando, como en el caso, co­rren riesgo valores imponderables tales como la supervivencia misma de la estirpe y el acrecentamiento del capital humano cuyo déficit es y ha sido siempre síntoma inequívoco de grandes males sociales.
Cuidando de no caer en el error de diagnosticar la enfermedad sin poner en práctica consecutivamente los procedimientos curativos, traté por todos los medios de llevar al terreno de los hechos los antecedentes meramente informativos que existían sobre la cuestión; ponencias, monografías, cuestionarios, y fue así que, juntamente con la Secretaría de Trabajo y Previsión, formando parte integrante de la misma surgió en las esferas de las actividades públicas la Dirección de la Vivienda, la cual después de auspiciar una exposición que atrajo a más de 700.000 visitantes y de llenar una etapa experimental, dio comienzo en la vecina localidad de General San Martín, a las obras del barrio “Villa Concepción”; ciudadela modelo presupuestada en mas seis millones de pesos que satisfará necesidades materiales y afanes de cultura y cuyas 520 casas, que asoman ya sus perfiles sobrios y simpáticos darán albergue, dentro del presente año a igual número de familias obreras. Asimismo dispuesto que en la intersección de las calles Juan B. Alberdi y Lacarra de la Capital Federal, se echaran los cimientos de otro núcleo de edificación constituido por 174 departamentos y que en Tanta Rosa de Toay se licitase la edificación de 24 casas, De tal suerte que, sin haberse abordado todavía los planes de fondo, estas 718 viviendas mandadas construir en tan breve lapso nos revelan que casi hemos alcanzado el nivel de todo lo que el esfuerzo nacional de otrora pudo lograr.
La mencionada dirección se transformo luego en el Consejo Nacional de la Vivienda, entidad que con la eficaz colaboración de personas de buena voluntad preparó el estatuto legal y financiero de la actual Administración Nacional de la Vivienda por el que se otorga a ésta la calidad de repartición autárquica y se pone a disposición los fondos necesarios para encarar con inquebrantable firmeza una obra en vasta escala que, no trepito en afirmar, colocará a nuestro país a la vanguardia de los más adelantados en punto a proporcionar a las clases necesitadas vivienda higiénica, adecuada y económica.
En este aspecto hago público mi agradecimiento al excelentísimo señor ministro de Hacienda doctor Ceferino Alonso Irigoyen por su valiosa cooperación.
Un problema de tanta magnitud, que ha incidido sobre la raza malogrando sus ricas calidades autóctonas, sobre esta raza criolla y sufrida, sobria y paciente, y por lo mismo, digna de todo estímulo y ayuda; sobre esta raza valiente y heroica con cuya sangre y sudores se conquistaron nuestras glorias más puras; un problema de tanta transcendencia, que atenta contra la estabilidad del hogar a! que le cierra la puerta de su natural desarrollo y forta­lecimiento, no podía dejar de ser afrontado en toda .su dolorosa realidad por este gobierno revolucionario que siente en sus entrañas la acuciadora inquie­tud de asegurar el porvenir, a todas luces grande de la patria, asegurando primeramente a la célula sustancial de la sociedad, la familia, al mayor número de las mismas, la propiedad de la casa que es “manantial de sentimientos puros, afección a las cosas, evocación del recuerdo, sostén del linaje y base de una misión social”.
Y tal es nuestro afán en ese sentido que si los tratadistas de derecho público señalan como elemento integrante de la Nación, primordial y sine qua non al territorio, nosotros sostenernos que no es posible concebir la idea de familia sin que indisolublemente, como la sombra al cuerpo, esté adherida a ella el espacio vital, el techo, elemento material que cobija y aglutina y a cuyo amparo se expande y florece la vida. De ahí nuestro ideal: “Una vivienda para cada familia, cada familia en su vivienda”, y cuya cristalización, tras la cruzada que hemos de emprender al instante, traerá irremisiblemente apa­rejada una firme y segura armonización social.
Profundos cambios, inquietudes que vienen desde lo más hondo del alma de los pueblos y urgentes reclamos de la hora obligan a afrontamientos deci­sivos y a enfoques totales, A tales imperativos responde la concepción de la Administración Nacional de la Vivienda, cuyas grandes líneas, el vasto pano­rama que abarca, los elementos y fuerzas sociales, privadas y publicas, que pone en juego y las soluciones de fondo a que aspira nos permiten entrever, no en la lejanía brumosa de un futuro distante, sino en días cercanos, asen­tadas en miles y miles de viviendas miles y miles de familias, las familias de los artesanos y de los campesinos que, rebosantes de alegría y su salud reju­venecida, serán testimonios, el más fehaciente, de que tal era necesario realizar para desterrar la vergüenza de ese clamor de los guarismos que repercute en las páginas del Censo Escolar de 1943 al consignarse en ellas que son más de 300.000 los casos en que conviven en una sola habitación en condiciones las más deplorables cinco y más personas: que conviven noche y día: viejos, jóvenes, hombres, mujeres, enfermos y sanos.
Excedería de mi propósito analizar en estos momentos punto por punto el articulado del decreto ley creador de la Administración Nacional de la Vi­vienda y su régimen especial y civil, lo cual no es óbice para que haga una rá­pida incursión por él y advierta, ante todo, que en virtud de la misión respe­table asignada a la Administración, nadie debe aspirar a desempeñarse en ella que no tenga verdadera vocación hacia el bien común, y no sea cultor de la más acrisolada honradez, pues que se trata en definitiva de una labor de apos­talado social y administrativo, encaminada a brindar viviendas holgadas al menor costo posible a quienes para adquirirlas tienen, con inquietante fre­cuencia, que ahorrar sobre el hombre y la salud.
Un organismo en extremo ágil, con amplias atribuciones, regido por un Consejo que preside el secretario de Trabajo y Previsión y dotado de un per­sonal, el mínimo necesario, que al ponerse en funciones cree el clima propicio para que se incorpore sincronizadamente a su movimiento -mediante con­venios de ayuda financiera y de administración- los gobiernos de provincias, las comunas, las entidades patronales y gremiales, las asociaciones mutualistas, las sociedades cooperativas y demás personas responsables con el fin de cons­truir viviendas económicas, individuales o colectivas, ya se trate de planes de conjunto o de obras aisladas, y de alquilarlas o venderlas; y con facultad de ejercer funciones de contralor y tutela para asegurar que los fondos provistos sean empleados debidamente y que las construcciones, efectuadas con los mis­mos se utilicen según las respectivas disposiciones, he ahí el objetivo central de la Administración Nacional de la Vivienda.
El sistema de convenios de 'ayuda financiera o de coparticipación que va­mos a poner en práctica y que es una de las características de la nueva repar­tición, permitirá actuar con extrema desenvoltura, abrirá la puerta a la ini­ciativa privada ofreciéndole amplio campo de acción, alejará la posibilidad de dar pie a engranajes burocráticos de pesado rodaje y será, por tanto, una ga­rantía de que no recaerá sobre la cuota de venta o de alquiler de las viviendas un porcentaje de gastos tal que las torne inasequibles para sus legítimos desti­natarios, los hogares de, más exiguos recursos.
La Administración instaura un régimen fiscal y civil para las viviendas puestas bajo sus disposiciones protectoras, las cuales son anotadas en un re­gistro especial y eximidas de sellado, de impuestos que graven directamente su valor; de tasas que se refieran a prestaciones de servicio público a cargo de reparticiones, oficiales --esto último por un plazo de diez años- y de los gra­vámenes a los contratos, actos, escrituras públicas y actuaciones administra­tivas que tengan por objeto la adquisición de terrenos con destino a estas vi­viendas o la construcción y locación de las mismas.
De los planes de construcción del conjunto a que anteriormente nos hemos referido, fluye la posibilidad de que se obtengan diversas ventajas. Por un lado los gastos generales de edificación se reducen, y ello 'hace posible el propósito que tenemos de que el obrero no insuma por concepto de vivienda arriba de la quinta parte de sus ingresos mensuales. Por otro, la agrupación de deter­minado número de familias facilita la prestación de servicios sociales, cada vez más necesarios. A este respecto no es aventurado pensar que el esfuerzo reali­zado se malograría si junto a los barrios no se establecen, mediante' el apoyo privado u oficial, aquellas entidades de fomento que velen por la salud física y espiritual de los moradores, promoviendo un conveniente “aprendizaje de la propiedad” e impartiendo la enseñanza, en su más amplio sentido de la “ma­nera de vivir”.
Si bien la Administración tiene como función primordial la de resolver el problema de la vivienda económica para la clase auténticamente trabajadora, se ha tenido en cuenta, asimismo, las exigencias no menos dignas de protección, de otros importantes sectores de la población, el de los empleados y el de la clase media, igualmente descuidados hasta el presente. A tal efecto se dispone la iniciación inmediata de los estudios pertinentes y se prescriben medidas de carácter práctico.
El estatuto legal otorga a la Administración facultades que le permitirán extirpar de una vez por todas esa lacra de nuestra Capital: “el conventillo”; prevé la formación de nuevos centros de población, particularmente industria­les, que reúnan los adelantos de la técnica urbanística; dispone se empleen materiales de construcción que ofrezca la naturaleza allí donde se erijan las futuras viviendas y cuida que éstas, en su arquitectura y en su color, no cho­quen con los contornos del ambiente lugareño. La vivienda económica, dentro de su modestia y sencillez de líneas, debe ofrecer matices agradables que com­pleten si es posible, nunca que malogren, la belleza del paisaje nativo.
Con un exacto conocimiento de nuestra realidad de ayer y de hoy, y, con una clara visión de las necesidades del futuro se ha creado el Fondo Nacional de la Vivienda de cuatro mil millones de pesos destinados exclusivamente a la ejecución de obras, dentro del espíritu que informa el decreto ley. Dicho fondo ha de constituirse e invertir se en un plazo de veinte años y se integrará con el aporte de la Nación para lo cual se autoriza la necesaria emisión de títulos o de bonos de edificación y ahorro. También el producido de las cuotas de venta o locación de las viviendas que se construya será reinvertido con los mismos fines, lográndose de este modo un fondo rotativo que sobre la base del 3 % del interés mínimo fijado para los préstamos y treinta años de amortizaciones, ha de requerir una financiación de aproximadamente dos mil millones de pesos.
El esfuerzo de financiación que la Nación debe realizar se verá dismi­nuido en forma proporcional a la participación, activa de las provincias, municipalidades, entidades públicas, sociedades mixtas y empresas privadas que construyan viviendas económicas conforme a las directivas enunciadas.
Dicha participación se producirá amplia y sobradamente. Me inclina a afirmarlo la intensa expectativa que en estos momentos existe sobre todo cuanto atañe al problema de la vivienda, el unánime deseo de coadyuvar a su solución y el convencimiento general de que para alcanzarla es preciso realizar un esfuerzo como el que intentamos: coordinado, de gran aliento y equitativamente repartido entre múltiples entidades de orden privado y los diversos organismos estatales. Y siendo así ¿quién puede dudar que en opor­tunidad tan propicia no arrimen su buena voluntad y no aporte su generosa contribución autoridades, patronos de los grandes centros industriales agrícolas y ganaderos, asociaciones gremiales, a fin de adelantar la hora en que veamos vivir a nuestros obreros de la ciudad y a nuestros peones del campo de acuerdo con la dignidad de seres humanos?
No pretendo abusar de vuestra atención examinando otras particulari­dades del decreto ley a que me estoy refiriendo, de tanta importancia como las expuestas. Con lo dicho, creo haber llevado a vuestro ánimo la persuasión de que las dificultades iniciales han sido superadas y que nos encontramos en condiciones de lanzarnos a una acción pujante y efectiva.
La primera batalla emprendida y ganada por la Secretaria de Trabajo y Previsión fue la batalla contra la apatía; contra el espíritu marcadamente individualista, asocial y egoísta que iba prevaleciendo entre nosotros. No bien comenzaron a notarse las primeras manifestaciones de una conciencia social mas viva y sensible -acercando a las dos fuerzas productoras, la patronal y la obrera, propiciando sus respectivas organizaciones y rompiendo toda una trama de prejuicios que se oponían a la conquista de la justicia distributiva- pudimos con inmenso júbilo, hacer depositar en la mano curtida y noble del trabajador un salario más equitativo y remunerador.
Nos corresponde ahora resolver esta otra ardua cuestión. Para ello que­maremos también las naves y no cejaremos hasta ver convertidas en realizaciones orgánicas el contenido virtual del decreto ley y los proyectos trazados.
En suma de hoy en más, y mirando al porvenir, nos proponemos facilitar el acceso a la pequeña propiedad privada al mayor número de familias, con lo que entendemos contribuir al afianzamiento de una de las bases más sólidas de la seguridad social. No se me oculta que la tarea es ímproba y espinosa, pero también reconformante. Por lo demás, nada me arredra. Todas mis energías y todos mis afanes los he puesto al servicio de los intereses supremos de la patria.
¡Plantemos un nuevo jalón en la realidad del movimiento social argen­tino y demos comienzo a la labor que ha de salir airosa contando con la ayuda de aquél que dejó caer sobre los corazones la bienaventuranza de la justicia y del amor!
JUAN DOMINGO PERÓN